Entrada superseria, indiscreta y melancólica a raíz de un suceso reciente.
Mi limitado cerebro no funciona bien si he dormido poco. El de todo el mundo funciona mal, pero el mío peor. Mis escasas cualidades de contención, proporción y lógica se encuentran casi anuladas en ese estado, y noto una quemazón y embotamiento en la cabeza durante la mañana, que se trasforma en dolor por la tarde. Y el café sólo me funciona en cortos periodos.
A mi hijo le ocurre algo parecido. Ni la pastilla que toma, un estimulante, consigue cubrir completamente el déficit de sueño. En días así, sabes que estallará por algún lado.
El jueves por la noche tuvimos un poco más de ajetreo en casa, nada demasiado fuera de lo normal: cena que no gustó al chaval y tensión para comerla, imprimir unos papeles, ruido, hambre antes de acostarse por no haber cenado en condiciones, recena, retraso; cosas que le descentraron... o vete tú a saber, pero el hecho es que se durmió tarde, dio vueltas en la cama, y como suele ocurrir esas veces, tampoco sé por qué, se despertó antes de lo habitual. Yo esa mañana ya mascaba la tragedia. El chaval estaba más inquieto que un chimpancé.
Me dice justo antes de salir: -Aita ¿puedo llevarme un par de coches para jugar en el recreo?
-No; ya sabes que Andereño no quiere que lleves nada, que los sacas en clase y eso no puede ser.
La última bronca en con su profesora había sido por eso y mi mujer le había prohibido llevar juguetes a la ikastola. -No le dejes llevar nada- me había dicho bien claro.
-¡Jo! ¡Es que no voy a tener con qué jugar en el recreo...! ¡Todos llevan coches!
-No puedes llevar nada. Vamos al autobús.
-¡Jo, aita! ¡Sólo dos! ¡Que no los saco! ¡Dame otra oportunidad!
La hora ya muy justa. -Bueno, coje dos, pero escúchame bien: ¡Solo los puedes sacar en el recreo! ¿Está claro? los llevas en el bolsillo y no los sacas en clase; te olvidas de ellos. ¡Sólo los sacas en el recreo!-
-¡Claro aita, qué crees!
Y salimos corriendo al autobús. 8: 35
A la una menos cuarto baja llorando del autobús. -¡Qué te ha pasado, maitia!
-¡Buaaa...! Hip, hip... andereño me ha quitado los coches...
-¡Pero...! ¿Los has sacado en clase?
-Bua... sólo un momento antes del recreo para enseñarle a Iñigo una... ¡Bua... ! y no me los va a devolver en un mes... y en el recreo no he podido...
-Pero si ya te había dicho...
-Buaaaa... soy un tonto... buaa...
-Bueno, bueno... vaaale...
Y una media hora consolándole y todo eso que podéis imaginar...
Yo había tardado 12 horas en quebrantar la norma que me dio mi mujer y él 2 y media, en hacer lo propio con la que le di yo. Bastante proporcionado a nuestras respectivas edades.
Un cronopio educando a otro cronopio, potencia sus cualidades.
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martes, 27 de mayo de 2008
martes, 20 de mayo de 2008
Diario ejercicio de contención.
Tengo un problema con los documentales de Natura, donde desfilan ante mis ojos cientos de especies animales y vegetales, y es que me enfrentan al absurdo de la vida. Tras contemplar a todos esos seres fruto de la evolución de millones de años en los que han competido por mantener su lugar en el planeta, alimentarse y reproducirse, simplemente para continuar con ese ciclo con pretensiones de perpetuidad, a menudo siento la nausea sartriana.
Bastaría con no ver esos documentales, pensaréis, y yo por propia voluntad no los vería, pero los pone mi hijo a la hora en que preparo la cena, y por la disposición de la sala con cocina americana, me es imposible sustraerme a su influjo. Así que, cuando el chaval pregunta algo o comentamos algún aspecto de lo que estamos viendo, tengo que contenerme para no acabar soltando lo de mi sentimiento ante el absurdo de la vida.
Ya lo decía Ortega: "Conviene ocultar a los pequeños, cuanto tiempo sea posible, que la vida no tiene objetivo conocido y concreto, pues ese conocimiento prematuro podría conducirles a la apatía"
Bastaría con no ver esos documentales, pensaréis, y yo por propia voluntad no los vería, pero los pone mi hijo a la hora en que preparo la cena, y por la disposición de la sala con cocina americana, me es imposible sustraerme a su influjo. Así que, cuando el chaval pregunta algo o comentamos algún aspecto de lo que estamos viendo, tengo que contenerme para no acabar soltando lo de mi sentimiento ante el absurdo de la vida.
Ya lo decía Ortega: "Conviene ocultar a los pequeños, cuanto tiempo sea posible, que la vida no tiene objetivo conocido y concreto, pues ese conocimiento prematuro podría conducirles a la apatía"
domingo, 13 de abril de 2008
Etxerako lanak
A mi hijo, como ya tiene siete años, le suelen mandar alguna tarea para casa; "etxerako lanak", como los "deberes" con los que nos asaban cuando eramos pequeños. Sólo que los que le ponen a él me parecen mucho más interesantes. Por ejemplo, para este lunes tiene que llevar preparada desde casa, para exponer en clase, su idea de... ¡Cómo se creó el mundo... o el universo!, a elegir.
No hago más que darle vueltas y yo no sé si ese es un tema adecuado para unos niños de siete años; si se debe tratar a esa edad, o no.
Yo ya había hablado antes con mi hijo de ese asunto, a él le fascina, y nosotros somos de los que creemos en la teoría del Big Bang, con alguna reserva. Por ejemplo, eso de que no se pueda hablar siquiera del "antes" de la gran explosión, porque aún no existía el tiempo, no lo podemos concebir, seguramente porque no lo comprendemos.
Pero eso son minucias; lo verdaderamente importante es que en la Ikastola no les han explicado aún ninguna teoría, y por lo tanto no les han predeterminado para creer en ninguna idea, así que ellos expondrán la teoría que traigan "de casa".
Si en casa son católicos traerán una idea que supongo distinta a la de los que crean en cualquier otra religión, o la de los ateos, los que simplemente crean en la ciencia, o incluso los que no se planteen esas cuestiones.
¡Lo que yo daría por estar en esa clase!
No hago más que darle vueltas y yo no sé si ese es un tema adecuado para unos niños de siete años; si se debe tratar a esa edad, o no.
Yo ya había hablado antes con mi hijo de ese asunto, a él le fascina, y nosotros somos de los que creemos en la teoría del Big Bang, con alguna reserva. Por ejemplo, eso de que no se pueda hablar siquiera del "antes" de la gran explosión, porque aún no existía el tiempo, no lo podemos concebir, seguramente porque no lo comprendemos.
Pero eso son minucias; lo verdaderamente importante es que en la Ikastola no les han explicado aún ninguna teoría, y por lo tanto no les han predeterminado para creer en ninguna idea, así que ellos expondrán la teoría que traigan "de casa".
Si en casa son católicos traerán una idea que supongo distinta a la de los que crean en cualquier otra religión, o la de los ateos, los que simplemente crean en la ciencia, o incluso los que no se planteen esas cuestiones.
¡Lo que yo daría por estar en esa clase!
viernes, 7 de marzo de 2008
Banalidades estéti... bueno, directamente CHORRADAS para un viernes.
Soy de los que piensan que el viernes es el mejor día de la semana y que hay que empezar el finde con humor y si es posible riéndose, aunque sea con mentiras, como hacen estos prohombres.
También soy de los que piensan que a los que hacen carreras por las vías públicas eso no, pero darles una buena somanta de palos, sí.
También soy de los que piensan que a los que hacen carreras por las vías públicas eso no, pero darles una buena somanta de palos, sí.
martes, 29 de enero de 2008
Pedagogía
Mi hijo está haciendo un cursillo de natación que se desarrolla durante 20 días seguidos en horas lectivas. No sé si temen a las inundaciones que pueda traernos el cambio climático, pero le dan mucha importancia a lo de dominar el medio acuático. El otro día le fui a buscar a la piscina y cuando se acercaba noté un gesto raro en su cara. Le pregunté qué tal lo había pasado y a duras penas pudo reprimir el llanto mientras me contaba que la monitora les había recriminado su incompetencia con expresiones del tipo: ¡Eso ya lo tendríais que saber! ¡No habéis aprendido nada! y otras lindezas por el estilo. ¡A unos niños de 7 años!
Lo consolé como pude y mientras nos alejábamos traté de explicarle que algunas personas no saben educar, o simplemente tienen un mal día, y usan expresiones que no deberían; le dije que yo estaba seguro de que él había aprendido mucho y que lo que decía la monitora no era cierto y, por tanto, no debía tenerlo en cuenta. Él por su parte me contó que le había replicado a la monitora que tan sólo eran niños de 7 años y no tenían porqué saberlo todo. Eso antes de romper a llorar, claro. También me contó que había recibido el apoyo de sus compañeros en el vestuario, uno incluso compartió con él sus caramelos, y que estaba seguro de que esa chica no tenía hijos porque no sabía tratarlos. Le dí la razón.
A partir de ahí, con el chaval más tranquilo, ejercí de padre pedante y profundicé en el discurso que tan bien desarrolló Kipling en su poesía "If".
Hoy ha ido mi mujer a recoger de la piscina al chaval y han entrado a casa comentando jovialmente que "La petarda" les ha dicho que no han aprendido nada y que algunos van a llevar en su informe un cero. "La petarda" es la monitora que, evidentemente, sigue usando sus fabulosos métodos pedagógicos. Mi chaval estaba contento y mi mujer me ha confirmado que ha salido de la piscina del mismo modo.
Quizá yo hice algo con mi discurso, no sé, pero...¡Caray! ¡LA PETARDA! ¡He de reconocer que la pedagogía de mi mujer es infinitamente mejor!
Lo consolé como pude y mientras nos alejábamos traté de explicarle que algunas personas no saben educar, o simplemente tienen un mal día, y usan expresiones que no deberían; le dije que yo estaba seguro de que él había aprendido mucho y que lo que decía la monitora no era cierto y, por tanto, no debía tenerlo en cuenta. Él por su parte me contó que le había replicado a la monitora que tan sólo eran niños de 7 años y no tenían porqué saberlo todo. Eso antes de romper a llorar, claro. También me contó que había recibido el apoyo de sus compañeros en el vestuario, uno incluso compartió con él sus caramelos, y que estaba seguro de que esa chica no tenía hijos porque no sabía tratarlos. Le dí la razón.
A partir de ahí, con el chaval más tranquilo, ejercí de padre pedante y profundicé en el discurso que tan bien desarrolló Kipling en su poesía "If".
Hoy ha ido mi mujer a recoger de la piscina al chaval y han entrado a casa comentando jovialmente que "La petarda" les ha dicho que no han aprendido nada y que algunos van a llevar en su informe un cero. "La petarda" es la monitora que, evidentemente, sigue usando sus fabulosos métodos pedagógicos. Mi chaval estaba contento y mi mujer me ha confirmado que ha salido de la piscina del mismo modo.
Quizá yo hice algo con mi discurso, no sé, pero...¡Caray! ¡LA PETARDA! ¡He de reconocer que la pedagogía de mi mujer es infinitamente mejor!
viernes, 11 de enero de 2008
Palabras de aliento.
Y ahora, para compensar tanta tontería que suelo escribir, un poquito de realidad.
Ayer mi hijo tenía deberes para casa por primera vez. Era una página llena de sumas. (Otro día hablaré de estos métodos educativos totalmente trasnochados.) Y no quería hacerlas. Él quería irse a jugar con sus amigos a la plaza, como siempre. Era una de esas raras tardes en que estábamos mi mujer y yo. Mi primera reacción fue decirle que hasta que no acabase no podría ir a jugar con sus amigos; es lo que me decían a mí siempre. No funcionó en absoluto. ¡No puedo...! rezongaba, diciendo que eran mucha sumas. Yo iba a insistir pero mi mujer me rogó callar y animó al chaval a completar la primera, ofreciéndole ayuda y una verificación posterior del resultado. El chaval accedió de mala gana, pero hizo la primera operación. Mi mujer la verificó, le felicitó, alabó su trabajo y le animó a realizar la siguiente. El chaval la hizo, y nuevamente recibió verificación y felicitación por parte de mi mujer. Y lo mismo ocurrió con la tercera.
Yo no podía creer que fuese tan sencillo. A partir de ese momento comencé a animarle yo también. El chaval cogió carrerilla y en un pis pas completó toda la página de operaciones, prácticamente sin ningún fallo. Le felicitamos y alabamos su diligencia y esfuerzo.
Contento como unas castañuelas, se puso las zapatillas y salió disparado a la calle.
No sólo había realizado rápidamente un trabajo que tan sólo unos minutos antes se negaba a hacer, sino que se marchaba exultante, convencido de que era capaz de hacerlo.
Bueno... y además, su padre había aprendido una valiosa lección.
Ayer mi hijo tenía deberes para casa por primera vez. Era una página llena de sumas. (Otro día hablaré de estos métodos educativos totalmente trasnochados.) Y no quería hacerlas. Él quería irse a jugar con sus amigos a la plaza, como siempre. Era una de esas raras tardes en que estábamos mi mujer y yo. Mi primera reacción fue decirle que hasta que no acabase no podría ir a jugar con sus amigos; es lo que me decían a mí siempre. No funcionó en absoluto. ¡No puedo...! rezongaba, diciendo que eran mucha sumas. Yo iba a insistir pero mi mujer me rogó callar y animó al chaval a completar la primera, ofreciéndole ayuda y una verificación posterior del resultado. El chaval accedió de mala gana, pero hizo la primera operación. Mi mujer la verificó, le felicitó, alabó su trabajo y le animó a realizar la siguiente. El chaval la hizo, y nuevamente recibió verificación y felicitación por parte de mi mujer. Y lo mismo ocurrió con la tercera.
Yo no podía creer que fuese tan sencillo. A partir de ese momento comencé a animarle yo también. El chaval cogió carrerilla y en un pis pas completó toda la página de operaciones, prácticamente sin ningún fallo. Le felicitamos y alabamos su diligencia y esfuerzo.
Contento como unas castañuelas, se puso las zapatillas y salió disparado a la calle.
No sólo había realizado rápidamente un trabajo que tan sólo unos minutos antes se negaba a hacer, sino que se marchaba exultante, convencido de que era capaz de hacerlo.
Bueno... y además, su padre había aprendido una valiosa lección.
martes, 8 de enero de 2008
Un titular muy desafortunado.
Me he enervado tanto que hoy me voy a saltar el pasar la aspiradora para escribir esto.
Resulta que El País publica este artículo sobre el TDAH, que es uno de los más claros y completos, dentro de su brevedad, que he leído últimamente y lo titula así:
Contiene frases del tipo: "Los niños no tienen por qué ser valientes Rambos y superar sus problemas solos". Piensa, además, que el tratamiento farmacológico no tiene por qué ser eterno: "Tras dos o tres años, el 80% acaba compensando el trastorno y deja de precisar la medicación".
O del tipo:
Trinidad Bonet, psicóloga especializada en técnicas cognitivo-conductistas, afirma que "la medicación está más que justificada, dependiendo de la intensidad de los síntomas, si estamos ante un TDAH. Este trastorno tiene múltiples causas orgánicas y sería muy difícil conseguir verdaderos cambios en el funcionamiento cerebral sin la medicación"
¡Y aún y todo lo titula así!
No creo que ningún padre medique a sus hijos para que sean perfectos. ¿Medican por esa razón a su hijo los padres de un diabético?, ¿Le ponen gafas a un niño miope por esa razón? Yo creo que lo hacen simplemente para que tengan las mismas oportunidades que los demás.
Nosotros lo hacemos por eso y porque nos dijeron en la escuela, a sus tres años, que lo llevásemos a un psicólogo porque algo le pasaba pero no sabían qué. Después de vueltas y consultas dimos con una psiquiatra que le recetó la medicación y, desde entonces, el chaval está lejos de ser perfecto, pero no se diferencia mucho de cualquier otro que puedas ver jugando en el patio. Ya he contado cual era antes su actitud ante la escuela... Ahora sus informes son absolutamente normales, corrientes, con sus virtudes y sus defectos... Incluso está aprendiendo a pronunciar la r doble por sí mismo, sin ayuda de un logopeda; a sus siete años ya nos lo habían señalado como necesario.(Antes su inquietud era tal que no podía prestar atención a esos detalles)
Antes era un manojo de nervios y un volcán que a menudo estallaba. Y sufría bastante. Estaba empezando a ser discriminado...
Ahora no es perfecto, es simplemente un niño.
Ah, y gracias Mikel, que se me había olvidado mencionar la fuente.
Resulta que El País publica este artículo sobre el TDAH, que es uno de los más claros y completos, dentro de su brevedad, que he leído últimamente y lo titula así:
Niños condenados a ser perfectos
Contiene frases del tipo: "Los niños no tienen por qué ser valientes Rambos y superar sus problemas solos". Piensa, además, que el tratamiento farmacológico no tiene por qué ser eterno: "Tras dos o tres años, el 80% acaba compensando el trastorno y deja de precisar la medicación".
O del tipo:
Trinidad Bonet, psicóloga especializada en técnicas cognitivo-conductistas, afirma que "la medicación está más que justificada, dependiendo de la intensidad de los síntomas, si estamos ante un TDAH. Este trastorno tiene múltiples causas orgánicas y sería muy difícil conseguir verdaderos cambios en el funcionamiento cerebral sin la medicación"
¡Y aún y todo lo titula así!
No creo que ningún padre medique a sus hijos para que sean perfectos. ¿Medican por esa razón a su hijo los padres de un diabético?, ¿Le ponen gafas a un niño miope por esa razón? Yo creo que lo hacen simplemente para que tengan las mismas oportunidades que los demás.
Nosotros lo hacemos por eso y porque nos dijeron en la escuela, a sus tres años, que lo llevásemos a un psicólogo porque algo le pasaba pero no sabían qué. Después de vueltas y consultas dimos con una psiquiatra que le recetó la medicación y, desde entonces, el chaval está lejos de ser perfecto, pero no se diferencia mucho de cualquier otro que puedas ver jugando en el patio. Ya he contado cual era antes su actitud ante la escuela... Ahora sus informes son absolutamente normales, corrientes, con sus virtudes y sus defectos... Incluso está aprendiendo a pronunciar la r doble por sí mismo, sin ayuda de un logopeda; a sus siete años ya nos lo habían señalado como necesario.(Antes su inquietud era tal que no podía prestar atención a esos detalles)
Antes era un manojo de nervios y un volcán que a menudo estallaba. Y sufría bastante. Estaba empezando a ser discriminado...
Ahora no es perfecto, es simplemente un niño.
Ah, y gracias Mikel, que se me había olvidado mencionar la fuente.
jueves, 9 de agosto de 2007
Educación, TDAH y Dudas
Leo en la excelente bitácora de Jaio la espía, un post sobre la educación que me ha hecho reflexionar, ya que el asunto me atañe muy directamente.
Se titula "Educar par la medianía"y resumiré su esencia por si os da pereza pinchar: Cuenta, mediante una clarificadora fábula, cómo la educación infantil sigue tendiendo a la homogeneización de los alumnos, en vez de a potenciar sus cualidades, y cómo se sigue viendo la diversidad como una lacra en vez de como un valor que nos permite complementarnos.
Decía que el asunto me atañe, no sólo porque mi mujer sea educadora y me dé la "tabarra" a menudo con ese tema, sino porque hemos fabricado entre ambos un niño muy original, diagnosticado de TDAH. (Si conocierais a su padre sabríais que no podía haber sido de otro modo)
El chaval sigue tratamiento farmacológico y la verdad es que le va bien y, aunque sigue mostrando cierto déficit de atención e hiperactividad, su autoestima se ha elevado, ya no se siente un "mierda", ahora ya no hay que arrancarlo de los marcos de las puertas para llevarlo a la ikastola, disfruta leyendo y jugando con sus amigos, cosa que antes le resultaba casi imposible, acepta realizar sus tareas... pero... constantemente me asaltan las dudas:
¿No le estaremos medicando simplemente para homogeneizarlo? El chaval muestra claras diferencias respecto a otros niños... ¿No estaremos anulando esas diferencias y, por tanto, perdiendo una diversidad preciosa? ¿Debe ser educado como los demás o deberíamos educarlo de manera diferente ya que él es diferente?
Lo único que me tranquiliza es escuchar de mi mujer que estamos haciendo lo correcto.
Se titula "Educar par la medianía"y resumiré su esencia por si os da pereza pinchar: Cuenta, mediante una clarificadora fábula, cómo la educación infantil sigue tendiendo a la homogeneización de los alumnos, en vez de a potenciar sus cualidades, y cómo se sigue viendo la diversidad como una lacra en vez de como un valor que nos permite complementarnos.
Decía que el asunto me atañe, no sólo porque mi mujer sea educadora y me dé la "tabarra" a menudo con ese tema, sino porque hemos fabricado entre ambos un niño muy original, diagnosticado de TDAH. (Si conocierais a su padre sabríais que no podía haber sido de otro modo)
El chaval sigue tratamiento farmacológico y la verdad es que le va bien y, aunque sigue mostrando cierto déficit de atención e hiperactividad, su autoestima se ha elevado, ya no se siente un "mierda", ahora ya no hay que arrancarlo de los marcos de las puertas para llevarlo a la ikastola, disfruta leyendo y jugando con sus amigos, cosa que antes le resultaba casi imposible, acepta realizar sus tareas... pero... constantemente me asaltan las dudas:
¿No le estaremos medicando simplemente para homogeneizarlo? El chaval muestra claras diferencias respecto a otros niños... ¿No estaremos anulando esas diferencias y, por tanto, perdiendo una diversidad preciosa? ¿Debe ser educado como los demás o deberíamos educarlo de manera diferente ya que él es diferente?
Lo único que me tranquiliza es escuchar de mi mujer que estamos haciendo lo correcto.
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