martes 29 de enero de 2008
Pedagogía
Lo consolé como pude y mientras nos alejábamos traté de explicarle que algunas personas no saben educar, o simplemente tienen un mal día, y usan expresiones que no deberían; le dije que yo estaba seguro de que él había aprendido mucho y que lo que decía la monitora no era cierto y, por tanto, no debía tenerlo en cuenta. Él por su parte me contó que le había replicado a la monitora que tan sólo eran niños de 7 años y no tenían porqué saberlo todo. Eso antes de romper a llorar, claro. También me contó que había recibido el apoyo de sus compañeros en el vestuario, uno incluso compartió con él sus caramelos, y que estaba seguro de que esa chica no tenía hijos porque no sabía tratarlos. Le dí la razón.
A partir de ahí, con el chaval más tranquilo, ejercí de padre pedante y profundicé en el discurso que tan bien desarrolló Kipling en su poesía "If".
Hoy ha ido mi mujer a recoger de la piscina al chaval y han entrado a casa comentando jovialmente que "La petarda" les ha dicho que no han aprendido nada y que algunos van a llevar en su informe un cero. "La petarda" es la monitora que, evidentemente, sigue usando sus fabulosos métodos pedagógicos. Mi chaval estaba contento y mi mujer me ha confirmado que ha salido de la piscina del mismo modo.
Quizá yo hice algo con mi discurso, no sé, pero...¡Caray! ¡LA PETARDA! ¡He de reconocer que la pedagogía de mi mujer es infinitamente mejor!
lunes 28 de enero de 2008
Bitelchus se manifiesta.

La web está llena de entradas hablando de esta foto. Y no lo hacen por la botella que porta en la mano una de las adolescentes... ni por pasar de la niña que lloriquea en una esquina, no... Lo hacen porque entre las piernas de las muchachas se vislumbra un inquietante rostro... ¡UN FANTASMA!
Pero olvidan una información fundamental:
Ese rostro además se parece a BITELCHUS. Bueno, no se parece, ¡es clavao! Y como Bitelchus era el fantasma de una peli... ¡ESO LA CONVERTIRÍA EN LA PRIMERA FOTO REAL DE UN FANTASMA DE FICCIÓN! Es como para temblar de emoción...Y una duda me asalta: ¿Podríamos calificar este suceso como serendipia?
Sea como sea, no sé a qué está esperando Iker Jimenez para hacer un especial sobre el tema.
¿Quizá una entrevista con el protagonista? Me consta que es un agradable conversador, un tipo con unas opiniones realmente interesantes...
jueves 24 de enero de 2008
Banalidades estético-viejunas para un viernes.

Era un número de la revista Meridiano de 1950. Como indica su subtítulo se trata de una "Síntesis de la prensa mundial", si es que eso fuera posible, al estilo de Selecciones del Rearder's Digest.
Hojeando sus artículos uno se da cuenta de lo mucho que ha perdido el castellano y de lo poco que hemos cambiado las personas en 58 años. Podemos encontrar capítulos con títulos tan jugosos como estos:
- ¿Por qué ser soltero?
- Un reloj solar en la palma de la mano.
- La Geotécnica, nuevo revolucionario método minero.
- La ciudad de Venezuela donde los habitantes pescan diamantes es el río.
- El banco más robado del mundo.
- Mi mujer está demasiado gorda.
- La timidez puede ser vencida.
- Cómo tener una personalidad madura.
Por el Dr. Harry Swartz
¿No es espeluznante? ¡Que lenguaje tan directo y efectivo!
Y, para relajarnos y terminar, os pondré ahora un ingenuo anuncio extraído de la revista. Estas imágenes siempre tienen la curiosa cualidad de sumirme en la nostalgia de un tiempo que no viví.
miércoles 23 de enero de 2008
Confesión
Me he desplazado por decenas de galaxias con decenas de planetas que albergan decenas de personajes, trampas y enemigos de todo tipo. He pateado traseros, disparado contra villanos, he manejado explosivos... he sido hombre bala, hombre abeja, hombre hielo... y he destruido más de un engendro mecánico y más de una fortaleza. He experimentado la fuerza de la gravedad, el magnetismo, la velocidad supersónica... en una palabra: ¡EL PODER!
Y todo eso, por supuesto, por el amor de una dama.
Lo admito: he jugado al Super Mario Galaxy para Wii. La alquiló mi chaval pero yo he completado algunos escenarios. Nunca he sido mucho de juegos de plataformas y tan sólo había jugado con Mario en su primera y prehistórica aparición en el mítico Donkey Konk, allá por los remotos ochenta... pero esto es distinto. Empuñas los mandos de la Wii y es que te metes en la historia...
¡No todo va a ser marujear! ¿No?
martes 22 de enero de 2008
Tijeras
Y ahora, para deleitar a ese acérrimo que aún me lee, voy a colgar el segundo relato que escribí, para que comprobéis con qué liviandad se conseguían 30.000 pelas y la publicación de un libro (con I.S.B.N., chavales) en un concurso local de 1999, seguramente debido a las escasez de concursantes.
Tijeras
El otro día me bajé del autobús en la parada de la infancia; la de siempre. La que dio nombre, cuando yo era niño, a las paradas de autobuses. Descendí en ella porque volvía al barrio. El barrio donde crecí.
Lo hago bastante a menudo, tres o cuatro veces al mes, para ver a mis padres pero siempre me roza una sensación agridulce, un vapor de nostalgia, como de pies ligeros que conocen el camino. Así ando un rato, posando la vista en los mismos lugares de hace veinticinco años, esos que si nadie los toca se eternizan en su capa de musgo y sombra, hasta que algún estímulo me saca del ensimismamiento. Y aquella vez fue el peluquero del barrio.
Me crucé con él en la acera que baja hasta el puente, y comprobé que se fijaba en mi pelo incluso antes de saludarme. Me lo había cortado en otra peluquería hacía un par de días. Un calambrazo recorrió mi médula. Le devolví el saludo con cordialidad fingida y seguí caminando sin alterar el ritmo, pero ya era presa de la sensación de culpa: Había traicionado a mi peluquero.
Hacía ya seis años que no vivía con mis padres, mi casa estaba en un barrio bastante alejado, pero aprovechaba mis visitas para cortarme el pelo en la peluquería de siempre; la primera y la única. No obstante, últimamente me había planteado la idea de cambiar de peluquero, en parte por su constante escalada de precios y también porque tenía la sensación de que uno debe cortarse el pelo cerca de su casa. Y así, un día tropecé en plena calle con el panel publicitario de una peluquería de reciente apertura, donde anunciaban un corte que me iría al pelo, por setecientas pelas menos de lo que yo pagaba. Tenía el panel un receptáculo con tarjetas del establecimiento y me hice con una. Anduve rumiando la posibilidad unos días, no soy yo hombre que cambie una costumbre de veintitantos años así como así, pero al final cedí. Tomé el teléfono y solicité hora anticipadamente como recomendaba la tarjetita; la primera novedad. Me atendieron amablemente, no pudieron citarme cuando yo hubiera deseado pero conseguí una franja horaria más o menos cómoda.
Me presenté allí a mi hora. Nada más abrir la puerta me golpeó el olor del estilismo. El local, bastante amplio y decorado en estilo minimalista, bullía de actividad. Aquí y allá muchachas y un espigado varón, tiraban de cabellos, los cortaban, enrollaban coloreaban, humedecían e incluso peinaban. Se apreciaba una cierta jerarquía, ya que la mayoría de empleadas lucían batas blancas, y solo el muchacho y dos chicas más lucían sayas color azabache. Yo les supuse cinturones negros de la peluquería: Maestros en el arte de dominar los pelos rebeldes ante cuya sabiduría se postraban los pequeños saltamontes de la tijera. Una saya negra percibió mi presencia y se acercó a mí, envainando con gracia su arma en el bolsillo. Solicitó mis credenciales, yo se las di, y tras comprobar su autenticidad, confirmó mi audiencia con su serenísima. Me rogó tomase asiento pues habría de esperar por algún tiempo y volviendo sobre sus pasos se reintegró al combate, que los sibilinos enemigos crecían sin descanso.
Acompañaban mi espera en esa improvisada sala de los pasos perdidos dos mujeres que hojeaban folletines de modas y que alzaron la vista un instante mientras me sentaba. Una de ellas me saludó distraídamente para volver a sumergirse en la lectura. Desde donde me encontraba no había mucho que ver: el mostrador de recepción tras el que una estantería exhibía los coloridos productos cosméticos, y la porción de calle que se vislumbraba a través de los cristales de la puerta y el escaparate. Dirigí la vista hacia la pila de revistas y diarios que cubrían la mesita que me separaba de las mujeres y, sin rebuscar demasiado, me decidí por un periódico que no acostumbraba a leer. En una peluquería el titular resultaba especialmente morboso: NUEVA VíCTIMA DEL ASESINO DE LAS TIJERAS.
Seguí leyendo y no salía de mi asombro; por lo visto había un asesino en serie en nuestra propia ciudad. Cuatro personas, dos mujeres y dos hombres, habían sido asesinadas siguiendo un modus operandi similar: sorprendidas de noche cerca de su portal cuando regresaban a casa y apuñaladas en el pecho, justo sobre el corazón, al parecer con el mismo arma. Un especialista de la policía se fue de la lengua ante los periodistas y afirmó que por la forma de las heridas éstas bien pudieran haberse producido con unas tijeras y a partir de ese momento la prensa lo bautizó tal y como rezaba el titular.
Como la policía para no crear alarma social ya no soltaba prenda, la noticia se completaba con el artículo de un experto en la materia. Decía que en la mayoría de casos de “Serial killer”, el asesino resultaba ser un varón de raza blanca de entre treinta y cuarenta años de edad, con una inteligencia superior a la media, esto seguramente lo había visto en alguna película, y que esta descripción se ajustaba perfectamente al caso que nos ocupaba. Lo razonaba refiriéndose a detalles técnicos como la trayectoria, precisión y profundidad del apuñalamiento, necesariamente causados por la fuerza de un hombre, de estatura media-alta y además diestro. A mí se me antojó un poco machista el experto. Continuaba analizando el posible móvil del asesino, que en esto si era algo original, ya que había asesinado tanto a hombres como a mujeres. Postulaba que por la falta de ensañamiento en sus crímenes, una puñalada limpia, y la elección de víctimas de los dos sexos, el móvil podría ser la venganza sobre quien le hubiese ofendido humillado, y que por tanto se trataría de personas de su ámbito de relaciones. Añadía, no obstante, que una mente enferma como la de aquel tipo podría considerar una ofensa casi cualquier cosa y que, por tanto, el circulo de víctimas potenciales se ampliaría considerablemente. ¡Sí, hasta el infinito! O sea, el asesino podía ser cualquier varón de mediana edad de la ciudad y la víctima cualquier persona. En mi caso se cumplían las dos premisas. Yo tanto podía ser asesino como víctima. Quizás si me ofendiese a mí mismo podría acabar matándome.
Estaba en estas tonterías cuando mi turno llegó y una de las peluqueras me invitó a pasar. Le describí el tipo de servicio que requería, asintió sonriendo y me señaló un sillón. Yo tomé asiento relajado pero, cuando se acercó por mi espalda y escuché el sonido del metal al abrirse las tijeras, no pude reprimir un escalofrío. ¿Y si el experto se había equivocado?
Bueno, sobreviví al corte de pelo y además salí doblemente satisfecho por su resultado y su precio. Incluso hubiera olvidado la noticia del periódico sensacionalista, si no fuera por el encuentro casual con mi peluquero. Llegué a casa de mis padres, comí con ellos, charlamos distendidamente en la sobremesa y la sensación de culpa y el recuerdo amargo de los crímenes de la tijera fueron disipándose hasta borrarse de mi mente. Como tenía la tarde libre decidí acercarme paseando hasta el centro para hacer algunas compras, así que me despedí afectuosamende mis padres y salí del portal relajado y feliz. Hacía una tarde estupenda, el camino era florido y soleado, y una vez en la ciudad podría curiosear en las librerías y las tiendas de bricolaje. Todo me sonreía.
Demasiado tarde comprobé que mi rumbo cruzaba un importante escollo al poco de iniciarse. En efecto, caminaba por la acera que pasa ante la peluquería del barrio, me encontraba sólo a cincuenta metros de ella, y el peluquero, apoyado en la pared a la sombra del toldo, ya me había visto. Ahora ya podía volverme; tenía que pasar y enfrentarme al mal trago. Seguí avanzando, fingiendo tranquilidad, y cuando me crucé con él le saludé sonriendo. Él me respondió con un “hasta luego” algo contracto, prolongando la o final, mientras levantaba la mano portando las agudas tijeras de su oficio. Ese gesto me llenó de inquietud y devolvió a mi cabeza las imágenes de los crímenes que el periódico relataba. Mi peluquero era varón blanco, de mediana edad, la mano que había levantado era la diestra y manejaba la tijera con gran habilidad. ¡Oh Dios! Sí fuera el asesino, ese ser demente que interpretaba cualquier desaire como una terrible ofensa, yo lo había traicionado y por lo tanto ofendido. ¡Cielos! ¡Yo podía ser la próxima víctima! Volví la vista un instante, sin dejar de caminar, y allí estaba él, observándome con una media sonrisa en su cara. ¡No! No puede ser él. Siempre había sido un hombre muy amable. Algo tosco, eso sí, como corresponde a un hombre de campo... Él vino del sur y aún se le nota... ¡Oh Dios! ¡Eso es! Odia a los urbanitas como yo. Él es de pueblo, se ha trastornado con la vida en la ciudad y si algún ciudadano le ofende, lo asesina... Eso debe ser. O puede que las emanaciones de las lacas y las lociones hayan alterado su mente. Yo me pongo enfermo cada vez que alguien se echa laca cerca de mí. No me extrañaría que fuera eso. No, espera. Si fuera así muchos más peluqueros serían psicópatas. Igual esa es la explicación para lo de la pluma... Quizás él sea el primer mutante, el primer afectado por un nuevo tipo loción. ¡Y me ha tocado a mí! ¡Precisamente a mí! Bueno, primero ha matado a otros cuatro. Yo aún estoy vivo. Los mata de noche, delante de su portal, cuando vuelven a sus casas. Ahora, en primavera, anochece cada vez más tarde, tiene menos horas para matar... quizás llegando pronto a casa. ¡Pero qué digo! ¡Él no conoce mi dirección! No claro, la nueva no... aunque alguna vez, charlando, le dije en qué barrio vivía. Podría ir allí por las noches y espiar mi llegada. En todo caso conoce la dirección de mis padres. ¡Podría intentar vengarse con ellos! ¡Asesino! ¡Son dos personas mayores...!
Una voz conocida me arrancó de estas cavilaciones. —¡Hola!
—¡Ah, hola! —era Marta, una compañera de colegio, de la infancia en el barrio. —¿Qué tal? Ibas como distraído —Sí... pensando en mis cosas —dije yo pugnando por incorporarme a la realidad.
—¿Y qué haces por el barrio? —preguntó ella alegremente. Realmente era una chica muy alegre y agradable. —Bueno, vengo a menudo a visitar a mis padres... Y tú qué tal. ¿Sigues viviendo aquí? —Ella sonrió. —Sí, pero ya no vivo con mis padres. He comprado un piso muy majo cerca del puente. Por ahora vivo sola —algo se iluminó en mi cerebro. Tras una torpe pausa añadí.
—Oye, hacia donde vas.., tengo la tarde medio libre. Si quieres te acompaño un rato... —¡Vale! Voy al centro. Tengo un curso de Page Mil, de páginas web. Me lo paga la empresa -dijo ella sonriendo. ¡Pero qué maja y qué alegre es esta chica! —¡Ah, perfecto! Yo también voy al centro. Voy a mirar algún libro... Oye, ¿vas andando, no? —pregunté. —Sí, claro. Tengo algo de tiempo
—afirmó resuelta. —¡Qué bien! Así charlamos y...
Y los fatuos pensamientos se esfumaron de mi cabeza y mi atención se centró en la conversación con Marta, que era una chica muy alegre y agradable, y por ahora vivía sola, como yo, que también vivía solo y así se lo hice saber, y también que entiendo algo de páginas web y le podría ayudar si tenía alguna duda, y qué buen tiempo está haciendo ya, que apetece salir por las noches a cenar o a tomar algo...
…………………………
¡Me falta algo! ¡Seguro que me falta algo! Dos semanas desde aquel encuentro y Marta va a venir a cenar a mi casa. ¡Qué maja y que agradable es! A ver… dijo que le gustaba el vino blanco... tengo el vino… también el chocolate... tengo el chocolate. Dicen que es afrodisíaco. La cena ya está; el marisco... ¿No dicen que es afrodisíaco? La ensalada de arroz, el pescado... tengo cava para el postre... ¡Las copas! Faltan las copas de agua. Igual quiere agua... Y lo de las velas, no sé yo si... y la música... yo creo que... ¡Vaya! ¡El teléfono! Y Marta a punto de llegar...
—¿Sí? ¿Quién es?... ¡Hombre mamá! ¿Estáis bien?... Ah, ya... Bueno, y entonces... ¡Pero qué dices! ¡El peluquero del barrio!... ¡Asesinado!... ¿Cómo que como los otros?... Los del periódico... ¡Con una tijeras en el pecho! Me voy a sentar. Y se sabe algo, quién... Ah, sí, el experto... que ya no tiene por que ser un hombre... la posición de la puñalada... ya, la policía... ¡Vaya experto!... Pues sí... pobre hombre... y su mujer, sí... ya, son ya mayores... No, no creo que te pregunten... Oye, ¿estáis asustados?... No, ya... Como no salís de noche... ¡Bueno! A ver si la próxima... Sí, os llamaré... vale… bueno, un beso... y a Papá... sí. Hasta luego.
¡Qué fuerte! El peluquero del barrio... y Marta a punto de llegar. Y yo pensando que ese tío era un asesino. Soy un miserable... Inventándome toda una movida extraña porque el tío me mira... Debería dedicarme a escribir. ¡Qué imaginación! ¡Joé! No me lo puedo creer. Y ahora el asesino puede ser cualquiera... bueno, como antes. Y Marta a punto de llegar. Tengo que tranquilizarme. ¡Qué fuerte!... ¡Ah, las copas de agua! Sí, en la vitrina... y la música, claro, que luego... ¡El timbre!... ¡Ya está aquí!... Sí Marta, sube. ¡Qué bien!
—¡Hola! (Un besito) —Hola, ¿qué tal? —Muy bien! —Contesta ella alegremente. —Y tú, ¿qué tal? Se te ve un poco pálido. —Sí, es que me han dado una noticia... Pero no importa... sólo ha sido la sorpresa. Estoy bien. —¿En serio? —se preocupa por mí. ¡Qué maja es! —Sí, sí... ¿Tienes hambre? —Ella sonríe. —Sí, un poco.
— Vale, vamos a cenar.
— Ah, te he traído algo —dice ella— te parecerá una tontería... ya sabes que trabajo en una distribuidora de ferretería. Pues de vez en cuando nos dan algún artículo. Incluso a las de las oficinas. Tengo la casa llena de cuchillos y tijeras. Toma, son buenas... yo es que tengo un montón. Las voy colocando por ahí.
lunes 21 de enero de 2008
Mi familia y otros animales.
Podéis preguntarle a mi primo, que tiene un blog, y está deseando recibir visitas.
Agur.
jueves 17 de enero de 2008
¿Por qué hay que sonreír?
Hay varias películas que han marcado mi vida, no tanto por su contenido como por las extrañas circunstancias de su visionado.
Nunca olvidaré cómo vi "La cabina" de Antonio Mercero: Siendo bastante jovencito, llegué de noche avanzada a casa, sin ganas de acostarme, encendí la tele y la pillé empezando, justo después de los créditos. La sensación de estupor, desamparo y horror que me produjo fue sublime. O el deslumbramiento que sentí al ver, en la soledad nocturna de la sala de estar de un hospital, la maravillosa "Blade Runner"...
Algo parecido me pasó con "O lucky man". Me levanté un sábado con la cabeza bastante vacía, encendí la tele, y me encontré de sopetón con esta maravillosa ópera surrealista. Su efecto me dejó aturdido para el resto del día.

Me entero ahora que es una película dirigida en 1973 por Lindsay Anderson. Yo tan sólo conocía a su protagonista, Malcolm MacDowel. Aparece una jovencísima Hellen Mirren entre otros. También es un musical con espléndidas y ácidas canciones de Alan Price.
Y también habéis podido observar al propio director que asiste a la actuación y se levanta en un momento para ayudarle con una partitura que deja sobre el piano.
No voy a destripar el argumento con la esperanza de que, si alguno de mis cultos acérrimos no la hubiese visto, produzca en él parecido efecto al que produjo en mí.
lunes 14 de enero de 2008
Claudio
-¡Ya! ¡Pero tengo la casa como una patena!
-Sí, eso sí.
Yo antes era creativo; estaba desequilibrado, sí, pero era creativo. A menudo me sentía excitado y al poco decaído, me irritaba fácilmente, dormía mal... pero tenia muchas ideas; y entre tantas algunas merecían la pena. ¿Soy el único al que se le dispara la creatividad con el insomnio?
Ya he contado que he hecho algunas modificaciones en mi dieta y en mi conducta y ahora digiero mejor, duermo mucho mejor, y me siento más equilibrado... pero menos creativo... también puede ser una racha, no lo descarto... o todos esos libros que estoy leyendo, (por si alguno está tan desactualizado como yo, recomiendo vivamente "La misteriosa llama de la reina Loana" de Eco y el cómic "Persépolis" de Marjane Satrapi) más los videojuegos y el marujeo que no me dejan tiempo... lo cierto es que no hago literatura creativa desde hace tiempo.
Pero tengo por ahí cosas guardadas, cosas inéditas que me apetece mostrar... así que no os vais a librar tan fácilmente.
Claudio se sentaba siempre en el mismo taburete, al fondo del bar. Llegaba a eso de las diez de la mañana y si su sitio no estaba libre, se acodaba en la barra y pedía su cortado mientras esperaba a que lo estuviese. El taburete era de aquellos giratorios, con una columna de metal atornillada al suelo y un asiento acolchado de cuero negro. Claudio decía que aquel era exactamente de su medida, así que nunca se sentaba en otro. Una vez acomodado tomaba el periódico del bar, que colgaba con su percha de madera en aquella esquina, y lo leía tranquilamente. Luego solía comentar las noticias con Miguel el barman, o alguno de los habituales, y siempre comparaba la actualidad con algún aspecto similar en los hechos de la antigua Roma. Esto, unido a su edad y modales educados, hacía sospechar a todos que se trataba de un profesor de historia jubilado o incluso un doctor en la materia, pero nadie, ni siquiera Miguel, había conseguido averiguarlo. Siempre que le preguntaban, él desviaba hábilmente la conversación y acababa hablando de Roma. Así habían pasado los últimos tres años y los parroquianos sabían de la república y el imperio, de Cesar y Pompeyo, del divino Augusto, de legiones y gladiadores, de patricios y plebeyos, pero ignoraban incluso el apellido de Claudio.
Cuando aquellos dos chicos entraron en el bar, Miguel, con su experiencia de veintitantos años tras la barra, ya intuyó el peligro. Observó cómo se fijaban en la chica del rincón antes de pedir sus cubatas, olió su aliento y vio sus ojos turbios cuando se dirigieron a él, y simuló tranquilidad, deseando que no pasase nada. La noche había sido de farra por las fiestas de la ciudad y aquellos dos, evidentemente, aún no se habían acostado. Los muchachos bebieron, bromearon, hablaron demasiado alto y uno de ellos se acercó a la mesa de la chica que, de espaldas a él, leía concentrada. El muchacho se colocó un cigarrillo en la comisura de sus labios y se agachó hacia la chica. Ella se sobresaltó y apartó la cabeza.
-Sólo te iba a pedir fuego tía, no te asustes- masculló el gallito.
-Lo siento, no tengo- dijo ella. Él volvió a acercar su cara a la de la chica y farfulló.
-Vale… y, ¿te quieres tomar algo con nosotros?
-No, gracias...- respondió ella incómoda.
-Venga tía, te invitamos a lo que quieras.
-No, gracias. Ya me he tomado un café.
-Venga tía enróllate, que no pasa nada.- Insistió el muchacho. La chica bajó la cabeza
Entonces el gallito tomó del brazo a la chica y comenzó a tirar de ella mientras decía:
-Ven con nosotros a la barra, tía, que lo vas a pasar muy bien...- En ese momento se escuchó clara y firme la voz de Claudio:
-La chica ya te ha dicho que no quiere nada. Déjala en paz.
El gallito se volvió, observó un segundo a Claudio y dijo despectivamente:
-Tú no te metas, viejo.
Claudio se levantó del taburete y afirmó rotundo:
-Te he dicho que la dejes en paz.- Los parroquianos guardaban silencio petrificados. El muchacho que permanecía en la barra terció:
-Mira, viejo… No te metas en líos...
-Suéltala- gritó Claudio.
-Viejo, te la estás buscado...- dijo el gallito. Soltó a la muchacha y se dirigió hacia Claudio. Cuando llegó, Claudio le propinó un rapidísimo y sonoro bofetón que le hizo perder el equilibrio y retroceder unos pasos.
La chica y los parroquianos se retiraron hacia el otro extremo del bar. Alguno, cercano a la puerta, aprovechó para huir apresuradamente.
El muchacho se irguió encolerizado, llevó su mano a un bolsillo, extrajo una navaja y tras abrirla gritó: -Cabrón! ¡Ahora sí que te la has buscado!
Su compañero de la barra le secundó abriendo su respectiva navaja.
Al día siguiente Miguel les enseñó el periódico a todos. Contaba la historia de cómo un anciano se había enfrentado a dos jóvenes con navajas, armado tan solo con un periódico enrollado y un taburete a modo de escudo. Cómo los había desarmado y retenido hasta que llegó la policía. Era la historia del combate que libró Claudio en su bar. Seguía contando que el anciano había formado parte de un circo poco común que ofrecía un espectáculo ambulante de gladiadores: "El fabuloso circo romano". Que allí se había entrenado en el arte de la lucha y tenía una experiencia de treinta años de oficio. Los parroquianos leían atónitos. Nunca hubiesen sospechado algo así. Terminaba diciendo que el anciano evolucionaba favorablemente en el hospital, y que pronto sería dado de alta.
Tras el revuelo de los primeros días el bar estuvo silencioso, como si los habituales y el propio Miguel se hubieran sumido en un proceso de reflexión. Supieron por algún informante que Claudio había salido del hospital. Esperaron ansiosos su regreso pero los días fueron pasando y él nunca volvió. Su taburete vacío mostraba el rasguño del navajazo. Miguel lo desmontó y lo colgó de la pared, al fondo de la barra, sobre el sitio que Claudio siempre ocupaba. Destornilló la columna y aquel lugar quedó sin asiento.
Algunos comentaron que les parecía un homenaje extraño. Claudio les hubiera dicho que no lo era tanto; que, por ejemplo, a los gladiadores veteranos, cuando se les eximía del servicio, se les homenajeaba entregándoles una espada de madera... o que la corona de un emperador era de simple laurel... que el signo de distinción de un noble era una simple tela blanca enrollada sobre su cuerpo... Seguramente Claudio les hubiese contado algo así.
viernes 11 de enero de 2008
Palabras de aliento.
Ayer mi hijo tenía deberes para casa por primera vez. Era una página llena de sumas. (Otro día hablaré de estos métodos educativos totalmente trasnochados.) Y no quería hacerlas. Él quería irse a jugar con sus amigos a la plaza, como siempre. Era una de esas raras tardes en que estábamos mi mujer y yo. Mi primera reacción fue decirle que hasta que no acabase no podría ir a jugar con sus amigos; es lo que me decían a mí siempre. No funcionó en absoluto. ¡No puedo...! rezongaba, diciendo que eran mucha sumas. Yo iba a insistir pero mi mujer me rogó callar y animó al chaval a completar la primera, ofreciéndole ayuda y una verificación posterior del resultado. El chaval accedió de mala gana, pero hizo la primera operación. Mi mujer la verificó, le felicitó, alabó su trabajo y le animó a realizar la siguiente. El chaval la hizo, y nuevamente recibió verificación y felicitación por parte de mi mujer. Y lo mismo ocurrió con la tercera.
Yo no podía creer que fuese tan sencillo. A partir de ese momento comencé a animarle yo también. El chaval cogió carrerilla y en un pis pas completó toda la página de operaciones, prácticamente sin ningún fallo. Le felicitamos y alabamos su diligencia y esfuerzo.
Contento como unas castañuelas, se puso las zapatillas y salió disparado a la calle.
No sólo había realizado rápidamente un trabajo que tan sólo unos minutos antes se negaba a hacer, sino que se marchaba exultante, convencido de que era capaz de hacerlo.
Bueno... y además, su padre había aprendido una valiosa lección.
miércoles 9 de enero de 2008
Duda nipona
¡Son buenos estos capullos! He visto varias veces este vídeo y uno se mea de la risa, claro, pero cuanto más lo veía, más me interesaba la peli sobre la que está doblado. ¿Alguien la conoce? Tiene un pinta excelente. Y esa transformación de la chica en esa estrella... Parece precursora de todos esos seres extraños que pueblan la iconografía nipona. ¡Juraría que mi hijo la tiene en un cromo de Pokemon!
¿Podríais iluminarme?
martes 8 de enero de 2008
Un titular muy desafortunado.
Resulta que El País publica este artículo sobre el TDAH, que es uno de los más claros y completos, dentro de su brevedad, que he leído últimamente y lo titula así:
Niños condenados a ser perfectos
Contiene frases del tipo: "Los niños no tienen por qué ser valientes Rambos y superar sus problemas solos". Piensa, además, que el tratamiento farmacológico no tiene por qué ser eterno: "Tras dos o tres años, el 80% acaba compensando el trastorno y deja de precisar la medicación".
O del tipo:
Trinidad Bonet, psicóloga especializada en técnicas cognitivo-conductistas, afirma que "la medicación está más que justificada, dependiendo de la intensidad de los síntomas, si estamos ante un TDAH. Este trastorno tiene múltiples causas orgánicas y sería muy difícil conseguir verdaderos cambios en el funcionamiento cerebral sin la medicación"
¡Y aún y todo lo titula así!
No creo que ningún padre medique a sus hijos para que sean perfectos. ¿Medican por esa razón a su hijo los padres de un diabético?, ¿Le ponen gafas a un niño miope por esa razón? Yo creo que lo hacen simplemente para que tengan las mismas oportunidades que los demás.
Nosotros lo hacemos por eso y porque nos dijeron en la escuela, a sus tres años, que lo llevásemos a un psicólogo porque algo le pasaba pero no sabían qué. Después de vueltas y consultas dimos con una psiquiatra que le recetó la medicación y, desde entonces, el chaval está lejos de ser perfecto, pero no se diferencia mucho de cualquier otro que puedas ver jugando en el patio. Ya he contado cual era antes su actitud ante la escuela... Ahora sus informes son absolutamente normales, corrientes, con sus virtudes y sus defectos... Incluso está aprendiendo a pronunciar la r doble por sí mismo, sin ayuda de un logopeda; a sus siete años ya nos lo habían señalado como necesario.(Antes su inquietud era tal que no podía prestar atención a esos detalles)
Antes era un manojo de nervios y un volcán que a menudo estallaba. Y sufría bastante. Estaba empezando a ser discriminado...
Ahora no es perfecto, es simplemente un niño.
Ah, y gracias Mikel, que se me había olvidado mencionar la fuente.
lunes 7 de enero de 2008
Kanif maruja.
Eso es lo que me está pasando a mí.
Desde la nebulosa del ciberespacio podríais imaginarme como un tipo dinámico con un trabajo interesante y una intensa vida social, que garabatea en su blog unas lineas mordaces cuando dispone de unos minutos entre su múltiples ocupaciones... pero voy a romper el misterio y confesarme: soy una maruja.
No. No es que no sea un hombre, como bien saben mis acérrimos; es que ejerzo de amo de casa. Últimamente me dedico principalmente a las tareas domésticas y a la crianza de mi hijo. El escaso tiempo que me queda libre lo dedico a un trabajo por cuenta propia y a bloguear.
Tengo una esposa que abandona el hogar antes del alba y regresa al anochecer, pues ejerce su profesión en una capital cercana, así que a mí me toca despertar a mi hijo, encargarme de que se lave, se vista, desayune... ya sabéis, que llegue al cole a su hora, nutrido y vestido. Luego marujeo, aprovisiono la casa, trabajo un poquito... y ya tengo que preparar la comida para los dos. Luego vuelvo a enviarlo al cole, recojo un poco, blogueo un poco, trabajo otro poco, preparo la merienda y ya tengo que ir a buscar al chaval... No me malinterpretéis, no me quejo; lo que pasa es que antes disponía de más tiempo para mí, sobre todo de trabajo, y cuando este era una tarea mecánica le daba vueltas al bolo y se me ocurrían temas para mis apuntes. Incluso garabateaba borradores con frases ingeniosas... Así, al llegar la noche, tenía asuntos sobre los que escribir en el blog.
Ahora, cuando llega la noche, solo me apetece leer lo que vosotros escribís, si puedo hojear un libro, y tirarme a dormir. Así que entre eso y mi nuevo carácter merced al experimento Omega, y hasta que no cambie esta situación, me temo que mis días de bloguero mordaz han terminado.
-¡Pero si nunca fuiste mordaz, capullo!
-Bueno, es una opinión como otra cualquiera.
sábado 5 de enero de 2008
Más de mí mismo.
Y haciendo revisión y balance del centenar de entradas pasadas he constatado que, entre las inevitables pruebas del novato, diversos ejercicios de estilo y la fascinación por la actualidad, me he alejado de ese propósito. Pero no os preocupéis; pienso compensaros este año. Y además con retroactividad.
Ya colgué anteriormente relatos de ficción y otros apuntes en los que se podían entrever fácilmente retazos de mi personalidad; sin embargo considero que, donde más fielmente se refleja esta, es en la poesía. Sí, queridos acérrimos: yo también padecí de esos dolores. Ya podéis echar a correr los más prosaicos porque lo voy a hacer; voy a colgar un par de mis viejas poesías. Pretendo que sirvan de introducción a otras nuevas que estoy garrapateando y que colgaré si redondeo con éxito.
Las que veréis forman parte de un poemario que escribí en el 2000 y presenté a un concurso local obteniendo un segundo premio, lo cual me hace suponer que andaban muy escasos de poetas por aquellas fechas. De un total de 23, yo ahora sólo salvo estas dos.
ni gente menuda habitante del bosque.
Las niñas de piel fina y pelo rubio
de trenzas, del cole,
hoy son camareras,
y los niños pálidos de ojeras,
oficinistas y abogados.
Esos de tez morena, vivaces,
con los dedos nudosos y el gesto rápido
cumplen condena,
y algún otro vive
y no sabemos de él.
Van a venir a buscarme
para salir un rato,
que mañana es lunes y madrugo.
ESE MULATO ESTOQUEANDO A FONDO
el culo de aquella amazona blanquísima,
con su cipote de negro zumbón
y su sonrisa de piano.
Con esas nalgas redondas
de fruta madura
con esa felicidad de animal sano.
Esa yunta inusual
de carne sol y mango
de sombra de floresta,
toda belleza enhiesta con la vida en las manos.
Los jugos que destilan
abonarán las selvas.
Van a crecer racimos de gentes,
van a surgir colores bajo esa costra,
para arrancarla, limpiar la pus
y restañar la herida.
miércoles 2 de enero de 2008
El Kanif más Kanif que nunca.
Mis acérrimos saben por qué titulé así este blog, y también cual era el objetivo principal de su publicación. Ahora, cumplido ese objetivo, y como sea que escucho la radio muchísimo menos, ( sí, lo confieso amigos: me estoy quitando) no le veo sentido a seguir llamándolo así.
Mientras no encuentre otro nombre lo llamaré como mi apodo, y así el cambio no será traumático. Mil disculpas a los que amablemente me enlazaron, pues supongo que tendrán que cambiarlo a mano. Si el cambio de cabecera supone la pérdida de subscriptores lo asumiré ;-)
Un abrazo a l@s que se dejen.
Estoy volviendo.
¿El experimento Omega?
Se supone que en un individuo TDAH, o en uno con una carencia acusada de este nutriente, debería notarse, tras alcanzar un determinado nivel de carga, una disminución de la inquietud y una mayor facilidad de concentración. Yo creo que estoy experimentando esos efectos. Pero también estoy experimentando otro que calificaría de indeseable: he perdido la chispa.
Yo antes me pasaba el día gastando bromas; sacándole punta a todo. Me metía en mil asuntos y casi nunca los terminaba. Me concentraba en una tarea y el mínimo estímulo me hacía abandonarla... Ahora, sin embargo soy mucho más serio. Tengo que forzarme para hacer un juego de palabras; no cedo fácilmente a mis impulsos y persisto en la tarea hasta terminarla...
Estoy empezando a parecer un tipo "normal"...vamos...¡Un coñazo! !Joé! ¡Ni siquiera me he emborrachado en estas fiestas! Siento como si no fuera yo.
Si repasáis mis entradas pasadas, sobre todo las primeras, la mayoría son hiperbólicas y humorísticas pero, de un tiempo a esta parte, ya no me apetece hacer gracia.
El mismo blog fue un desahogo para mi inquietud y ahora ya no encuentro interés en escribir nada. Muchas veces lo intento y, tras un buen montón de lineas, no le veo sentido a un trabajo tan improductivo y me dedico a tareas más necesarias... (La entrada "El silencio de los blogeros" fue en realidad una excusa para ganar tiempo.)
¿¡Qué hago!? ¿Sigo suplementándome o vuelvo a comer como antes?
Seguramente, si alguien con una mínima formación científica lee esto, pensará que no se puede establecer una relación causa efecto con un ensayo tan rudimentario... pero es que él no siente lo que yo estoy sintiendo ahora... ¡Joé! ¡Que me apetece dejar de escribir esto para pasar la aspiradora! (Juro que estoy esforzándome mucho para hacer estas exageraciones.)
O acaso será la edad, o una depresión, o el fruto de la dura experiencia sentimental vivida...
Si alguien tiene una opinión al respecto, cualificada o no, le rogaría que la expresase.
Gracias.

